• Iglesia y dependencias del antiguo Monasterio de San Vicente

    Plaza Feijoo

    Oviedo.
    La Ciudad

    Miguel Calleja Puerta

    Profesor Titular de Ciencias y Técnicas Historiográficas de la Universidad de Oviedo

    Cuando Clarín escribió las historias de Vetusta, Oviedo era una pequeña ciudad provinciana; pero era también una ciudad milenaria. O mejor dicho, había pasado ya un milenio desde que un anónimo cronista, hacia el año 883, describió Oviedo como la capital de un reino.

    No sabemos bien qué había allí antes del siglo IX: se han recuperado objetos de época romana en el casco histórico; y el monasterio de San Vicente trató de remontar sus orígenes a fines del siglo VIII, atribuyendo a sus presuntos fundadores, los monjes Máximo y Fromestano, la primera roturación de aquella colina despoblada cuyo nombre escribían como Ovetao.

  • Sin embargo, nada de eso presuponía el futuro urbano del lugar. Fueron los reyes astures, al instalarse allí, quienes dieron el paso fundamental en aquella dirección. Su historia oficial, escrita a fines del siglo IX, cuenta que el trono del reino fue ubicado en Oviedo por Alfonso II (791-842), y que este rey hizo construir iglesias, palacios y toda clase de servicios. Sus sucesores Ramiro I y Alfonso III habrían continuado la racha con los edificios del Naranco y con la construcción de una fortaleza.

    La expresividad de las venerables crónicas y la conservación de algunos de esos edificios quizá ha hecho exagerar la importancia de aquel pequeño núcleo. Los reyes astures emulaban a los visigodos y, con ellos, participaban del mito antiguo de la fundación urbana. Es posible evocar el ceremonial complicado de una monarquía guerrera avalada por una Iglesia militante. Pero aquella pequeña corte cercada ocupaba un espacio exiguo, cinco hectáreas a lo sumo, y debía de estar muy poco poblada. En aquella sociedad de guerreros y campesinos había poco sitio para la artesanía y el comercio, y las ciudades eran sombra o sueño.

    Los reyes astures soñaron con su ciudad durante mucho tiempo. Suele decirse que en el año 910, tras la muerte de Alfonso III , la capital del reino se traslada a León, y queda Oviedo en una larga etapa de postración. Pero lo cierto es que hasta muy avanzado el siglo X numerosos documentos regios aún los recuerdan

    Cerca medieval y torre del siglo XvIII para biblioteca del Monasterio de San Vicente

    Calle Paraíso

  • Estatua de Alfonso II el Casto con vista lateral del Pórtico de la Catedral al fondo

    Vista desde la Calle de El Aguila

  • Apostolado románico de la Cámara Santa

    Catedral de Oviedo

    como reyes de Oviedo. Y durante siglos acudieron a venerar el tesoro de sus reliquias y el sepulcro de sus antepasados.

    Con el alejamiento de los reyes, nuevos protagonistas iban ocupando la escena. Los primeros son el obispo y su catedral, que durante siglos se fueron haciendo depositarios de la herencia regia. El palacio de Alfonso II debió de convertirse en residencia episcopal, y el de Alfonso III pasó a ser a fines del siglo XI el hospital de San Juan. Por su parte, la catedral de San Salvador fue creciendo durante siglos y devorando todo el espacio circundante. Hoy la vemos al fondo de un espacio

    abierto y diáfano. Pero la imagen es engañosa. Hace menos de un siglo que se demolieron las casas que ocupaban la plaza de la catedral. Y los documentos nos cuentan cómo durante siglos, en su crecimiento, iba adquiriendo y derribando las casas circundantes. En tiempos de Clarín, la catedral debía de ser todavía una presencia imponente en el centro de aquella pequeña ciudad.

    El perfil clerical del Oviedo del siglo XI se acentúa con los monasterios de San Vicente y San Pelayo, y con otros títulos monásticos que se apiñaban en torno a la catedral y de los que apenas persiste el recuerdo de su nombre: Santa Cruz, Santa Marina, Santa Gadea, San Andrés… La iglesia de San Tirso, destinada a ser la parroquia más antigua de la ciudad, completaba el panorama de un espacio saturado de templos.

    Pero nuevos vientos iban a alterar el sosiego de la vida religiosa. A partir del siglo XI, poco a poco, en el occidente europeo van encajando las piezas de una población que crece y de una economía que mejora. En los reinos cristianos de la Península Ibérica cambian también las tornas de la guerra, que finalmente empieza a decantarse a su favor. Y el marco de las novedades va a ser la ciudad. No son ya las pequeñas capitales o las modestas sedes episcopales de un par de siglos atrás. Ahora florece la artesanía y el comercio, y llegan del campo o de tierras lejanas otras gentes, los burgueses, que alteran para siempre el perfil de la vieja sede.

    Y Oviedo vuelve a ser la ciudad escrita. Hacia el año 1100 aquellos pobladores consiguen del rey Alfonso VI un fuero, un texto legal que regula la vida local. La nueva ley es privilegio, que da a los ciudadanos más libertades y derechos que a los campesinos del entorno. Y también es garantía frente a la arbitrariedad: una ley escrita, y por tanto inmutable, que consagra la igualdad ante la ley de los vecinos de Oviedo.

    Y la virtud de esa escritura eficaz se extiende a los actos más cotidianos. Los notarios públicos, expertos del derecho, ponen por escrito los negocios comunes, y así iluminan una ciudad en crecimiento. Tras cada casa que se vende, el notario va trazando una cartografía textual que desgrana cada esquina del Oviedo medieval, sus barrios y sus calles; y largas series de nombres y oficios que pintan la sociedad local con colores cada vez más variados. A finales del siglo XIII, aquella nueva ciudad ha multiplicado su superficie y ha construido una muralla, símbolo orgulloso de que más allá de sus puertas se vive de otra manera.

    Dentro de ella, las novedades son grandes. Mantienen su poder la catedral y los monasterios. Y el señorío del rey, cada vez más lejano, se hace aún presente en los oficiales que ocupan la antigua fortaleza. Pero los protagonistas de este nuevo tiempo son los vecinos, gente corriente cuya lucha cotidiana no es la guerra ni la salvación.

  • Algunos han venido de tierras muy lejanas: se estima que, a principios del siglo XIII, uno de cada cinco ovetenses ha nacido o es hijo de gentes nacidas más allá de los Pirineos. Y sus oficios son variados: entre los más lucrativos, el comercio que por tierra o mar, por el puerto de Avilés, llena la ciudad y su entorno de nuevas mercaderías de lejana procedencia. Pero también artesanos del cuero y del metal, sastres y hortelanos, o albergueros que ofrecen sus posadas a comerciantes y peregrinos. Ni siquiera faltan los judíos, concentrados a la sombra del castillo del rey, y hasta algún esclavo musulmán. Y al calor de la riqueza se instalan nuevos conventos en las afueras de la ciudad: los de San Francisco y Santa Clara.

    Pero la originaria igualdad de los vecinos no estaba llamada a perdurar. Las familias enriquecidas aspiran a controlar el municipio, y se unen a la nobleza rural, ansiosa ya por ocupar aquel espacio atractivo y hostil, donde la palabra del noble valía lo ismo que la del artesano. La paz se quiebra con frecuencia, y la ciudad se verá cercada en varias ocasiones. Y por fin, en 1521, un incendio fortuito devora la mayor parte del caserío.

    Como en todas las ciudades medievales, en cuyas casas dominaba la madera y no faltaban los techos de paja, el fuego era una amenaza cotidiana que, con cierta frecuencia, devastaba edificios y haciendas. Hay noticias de otros fuegos en la vieja ciudad de Oviedo. Pero el de 1521 se conoce mejor porque fue

    Edificio Histórico de la Universidad de Oviedo, fundada en 1608

    Vista desde la Plaza Porlier

  • mejor descrito. Por una parte, en el siglo XVI florecen las historias locales; y una de ellas narró las circunstancias del incendio. Pero además estaba creciendo una nueva cultura burocrática que tendía a acumular datos de forma masiva. Los oficiales de la catedral, y no solo ellos, levantaron acta exhaustiva de la catástrofe, describiendo los daños calle por calle, casa por casa.

    La ciudad renació de sus cenizas, cada vez más identificada con su antigua vocación capitalina. No era ya solo que los obispos controlasen desde Oviedo su extensa diócesis con mano más firme. Uno de ellos, Fernando Valdés, fundó allí la Universidad e hizo de ella el centro de la educación superior al norte de la Cordillera Cantábrica. Además, la institución del Principado de Asturias había favorecido la creación de la Junta General donde comenzaron a reunirse los concejos asturianos, que la veían cada vez más como su centro. Y en fin, la Audiencia hizo de Oviedo el corazón judicial de la región.

    La ciudad no crece de forma sustancial en estos siglos, pero se renueva en lenguaje barroco. La reforma del conjunto catedralicio y de los grandes monasterios urbanos ocupa la práctica totalidad del barrio del obispo. En el entorno de la fortaleza y en las inmediaciones del consistorio, las familias nobles se arruinan en la construcción de sus efectistas palacios

    Placa conmemorativa del Levantamiento de 1808

    Calle Cimadevilla, esquina con Altamirano

    urbanos. Y el municipio, controlado ya por unas pocas familias, edifica también sus casas de ayuntamiento.

    En aquel mundo pequeño, la llegada de un oficial real –como el regente de la Audiencia– debía dar pie a una integración compleja, atractiva por su prestigio y oscilante por su provisionalidad.

    Y esa intensa vida local atravesaría el convulso siglo XIX. En 1808, en Oviedo, la Junta General del Principado desobedeció las

    órdenes que venían de Madrid y se proclamó soberana, organizó un ejército, envió embajadores y declaró la guerra a Napoleón. Pero después volvió la siesta a la heroica ciudad, y el XIX es también un tiempo de marasmo y demolición. Donde hubo monjes y frailes aparecieron militares y funcionarios. Llegarían las fábricas y las constituciones, el tren y la luz eléctrica. Y en nombre del progreso se iba derribando la cerca medieval o las iglesias románicas. Pero el progreso era algo que ocurría más allá del monte, y la ciudad giraba sobre sí misma. De ese mundo que los historiadores tratan de explicar, La Regenta es quizá el mejor documento.

  • Detalle de la tracería de la flecha calada de la torre de la Catedral de Oviedo

    Plaza de Alfonso II El Casto, conocida también como Plaza de la Catedral