• Monumento con busto dedicado a Leopoldo Alas "Clarín"

    Campo de San Francisco

    Leopoldo Alas Clarín

    Gregorio Torres Nebrera

    Catedrático de Literatura Española de la Universidad de Extremadura

    Zamorano de origen (1852-1901) y ovetense de adopción, Leopoldo Alas no superó, desgraciadamente, los cincuenta años de vida, aunque fueron especialmente fructíferos en una espléndida labor intelectual, desde la cátedra universitaria, desde la prensa, desde la creación narrativa, hasta lograr –en opinión de una cualificada mayoría– la segunda mejor novela de nuestro canon literario, La Regenta.

    Tras breves estancias infantiles en tierras leonesas y gallegas, el hijo de un gobernador civil conservador que llegó a ser alcalde del Ayuntamiento de Oviedo, don Genaro García Alas, recala en la capital del Principado de Asturias, en donde cursa el Bachillerato (que probablemente terminó en tierras alcarreñas, por nuevo traslado familiar) y la carrera de Derecho.

  • Ya como estudiante universitario empezó a dar indicios de su interés por la crítica vertida, aún, en letras manuscritas, con la redacción del periódico satírico Juan Ruiz. Corría el año de “La Gloriosa” y el adolescente Leopoldo veía los acontecimientos políticos con entusiasmo y expectación. En pleno período republicano –1871– traslada su expediente a la Universidad Central madrileña para cursar el doctorado y licenciarse en Letras. Entre sus maestros, un nombre clave para el krausismo con el que tan identificado se sintió Clarín (y a su través, algún personaje encomiable, como “Frígilis”), don Francisco Giner de los Ríos, que le dirigió la tesis doctoral “El Derecho y la moralidad”. Llegado el año de la Restauración se empiezan a datar las primeras colaboraciones del joven Alas en la prensa madrileña, y en una de aquellas cabeceras –El Solfeo– usa por vez primera el seudónimo que ha pasado a la fama de las letras, “Clarín”. Si la publicación de su magna obra La Regenta levantó malestar y escándalo en la sociedad ovetense, esa malquerencia se la había empezado a ganar nuestro escritor unos cinco años antes, cuando publicó en una revista asturiana el artículo “La verdad suficiente”, primer escándalo del joven intelectual entre sus paisanos.

    La carrera universitaria de don Leopoldo Alas tiene su primer episodio –amargo– en 1878, cuando se le niega la concesión de una cátedra de “Economía Política” en la Universidad de Salamanca, a la que se había hecho acreedor, y en lo que tal vez

    influyó su conocida simpatía republicana y su etiqueta de "librepensador” (de hecho militó en el partido posibilista de Castelar). Es habitual su firma en el semanario festivo Madrid Cómico desde 1880, al pie de sus conocidos “Paliques”, artículos de cierta extensión en los que Clarín trataba de varios asuntos generalmente concatenados entre sí, en los que Alas ya daba rienda suelta a su práctica de la sátira y al golpe de ingenio que neutralizaban mucha de la seriedad que hubiese sido incompatible con el espíritu de la cabecera revisteril que los acogía. Esta fórmula periodística la prolongó Clarín en los prestigiosos artículos de Lunes del Imparcial y la reunió finalmente en un volumen –Palique– de 1894.

    Fueron, pues, los folletos crítico-literarios un género que cultivó muy asiduamente, hasta el punto de que con el título Folletos literarios creó su primera revista personal en 1886. Algunos de ellos se recogieron en su primer libro Solos, de 1881. Al año siguiente alcanzaría la cátedra universitaria de la que injustamente había sido postergado, pero en la facultad de Zaragoza; y tras pasar un curso en tierras aragonesas, consigue el traslado a la Universidad ovetense, al tiempo que empieza a componer su importante y numerosa lista de cuentos. Pero el libro que le va a ocupar preferentemente en estos años de tranquila estabilidad en su querida Oviedo será La Regenta, que verá la luz en 1885, acompañada de una fuerte polémica que disgustó al joven profesor y escritor. Al año siguiente reanuda su

    actividad cultural en el Ateneo madrileño con un ciclo de conferencias sobre Alcalá Galiano y el trienio liberal de 1820-1823 (que publicará poco después) a la vez que daba a la imprenta su primera colección de cuentos, Pipá, los escritos entre 1879 y 1884 (bien entendido que tanto en Solos –1881– como en Sermón perdido –1885– ya había incluido algunos de esos tempranos relatos).

    Con altibajos de salud y de ánimo continúa Alas su vida de profesor, político y escritor en Oviedo en el tramo final de los ochenta. Pero los reveses generados por sus propios escritos no faltan, y así en 1888 el periodista Luis Bonafoux publica un folleto en el que acusaba al novelista de “plagiario” de varios autores de diversa categoría (los franceses Zola y Flaubert o el español de quinta fila Isidoro Fernández Flores), originándose una controvertida polémica literaria (que enraizó en lo personal) de la que se defendió Clarín en otro de sus acostumbrados folletos, el titulado Mis plagios (1888), a la vez que pasaba a desempeñar la cátedra de Derecho Natural que ocupará hasta su muerte, y que fue una de sus dedicaciones preferidas.

    Su amistad, y hasta su debilidad, con Galdós se intensifica en estos años, de quien esboza una interesante monografía editada en la misma fecha –1889– que la novela corta Superchería. Y su interés como crítico abarca también el teatro, no sólo la literatura dramática sino los varios aspectos de la representa-

  • Atrio del Edificio Histórico de la Universidad de Oviedo con estatua central sedente de su fundador, Fernando Valdés Salas

    Vista desde la entrada de la Calle Ramón y Cajal

  • ción escénica, y entre ellos la actoral, hasta el punto de dedicar uno de aquellos “folletos” al actor Rafael Calvo y al teatro español de su tiempo, librito de sumo interés publicado en 1900, año en el que tiene que atender a varios frentes de hostilidades, como el del presbítero don Angelón, que desprestigiaba al escritor en numerosos “sueltos”, y acaba sus colaboraciones en La España Moderna, enemistándose con su director Lázaro Galdiano.

    La editorial madrileña Fernando Fe será la encargada de publicar en 1891 su segunda novela, Su único hijo (en esa misma casa editorial, nueve años después, se editará la segunda y definitiva edición de La Regenta), al tiempo que continúan los ataques próximos contra su obra, que sigue adelante con la entrega en 1892, en un volumen, de sus tres excelentes novelas cortas Doña Berta, Cuervo, Superchería, y hasta hubo de batirse en duelo, por razones de otra agria polémica, con Fray Candil. Un desasosiego social que le lleva a buscar el sosiego espiritual en los campos asturianos: fruto de aquellas experiencias pudo ser uno de sus más célebres cuentos, ¡Adiós, Cordera!, que Clarín insertó en un número de El Liberal correspondiente al mes de julio de 1892. Ese relato pasaría de inmediato a la siguiente recopilación, El Señor y lo demás son   son cuentos, de 1893. 

    La afición al teatro –y a la ópera–, como se deja traslucir en sus cuentos, novelas y folletos, acaba llevando a nuestro autor a la

    Gárgola de la torre actual de la Catedral

    Plaza de la Catedral

    escritura dramática, componiendo un drama corto que logra estrenar en 1895, Teresa, en homenaje a la actriz María Guerrero, que interpretó a la protagonista de la obra. Pero otra vez la recepción de esta nueva entrega es negativa, aunque Clarín no se resiste a polemizar con quienes han atacado el texto. Media vida se pasó nuestro autor lidiando, ya con su aparato digestivo, ya con los “malsines” que, desde fuera, debían provocarle indigestas secreciones de bilis. Polemizó en asuntos de literatura, de política (un tercio de sus numerosísimos artículos son de tal materia), de sociedad y hasta de la vigencia o no del catalanismo y de la lengua catalana en contraposición a la salud

    del español; y hasta se atrevió –desde la convicción republicana que le caracterizó siempre– a defender al anarquista Angiolillo, asesino del presidente Cánovas, lo que le trajo serios problemas judiciales, al ser procesado por el Tribunal Supremo. Clarín, en lo político, fue decidido partidario de acabar con el caciquismo, de denunciar la falsía parlamentaria para sanear la vida pública mediante un sufragio realmente ejercido, del respeto a los derechos civiles y de la radical separación entre Iglesia y Estado; en lo social, atacó toda suerte de milagrería y superstición, y fue decidido defensor de la independencia de la mujer, rescatándola de los perniciosos influjos de confesores y de pésimos maestros. También fue sensible a lo que se llamaba entonces “la cuestión social”, referida a la situación de un incipiente proletariado y sus relaciones con el anarquismo y el socialismo, apoyando la mejor educación del pueblo como un modo de mejorar su posición social.

    En medio de polémicas, excursiones, ardores estomacales y duelos familiares, ve la luz el mejor de sus conjuntos de cuentos, Cuentos morales, en 1896. Todavía el año siguiente la estrella de Clarín refulgirá en los medios culturales madrileños a través de una serie de conferencias sobre una cuestión en la que Alas era experto y con la que se sentía identificado (“materia que es muy de mi gusto y sobre la que he leído mucho, y pensado y sentido muchísimo”): las teorías religiosas en la nueva filosofía (los aspectos religioso-espiritualistas de sus “Cuentos morales” son

  • de suma importancia; y es que el sentimiento religioso, aunque sin sombra de fanatismo, junto con un marcado liberalismo espiritualista, se intensificaron en los últimos años del escritor). Pero puede decirse que con Clarín iban de la mano la controversia y la polémica, pues en medio de esos meses de éxito ocurrió el desagradable encontronazo en la escalinata del Ateneo –incluso llegando a las manos– con el pensador ultramontano Navarro Ledesma.

    En los últimos años del siglo XIX y los primeros meses del XX Clarín prepara dos nuevos libros, de cuentos uno (El gallo de Sócrates) y de ensayos el otro (Siglo pasado) y una nueva edición –la definitiva– de La Regenta), a la vez que traduce Trabajo de Zola. Todavía tiene fuerzas para pronunciar la oración fúnebre en homenaje a Campoamor y de resistir un cambio de casa, a las afueras de Oviedo, una novedad que disfruta por poco tiempo, pues la tuberculosis intestinal que durante años padeció fue la causa de su muerte en junio de 1901. Moría entonces uno de los mayores escritores vocacionales de nuestra historia literaria, que dejó por terminar no pocos textos que, de haber vivido más años, hubiesen formado al final uno de los corpus literarios más valiosos de aquel siglo, en el que Clarín fue primus inter pares con Galdós, con Valera, con Pereda, con Pardo Bazán… “En el círculo de sus íntimos de la Universidad, en sus conversaciones –escribía Adolfo Buylla en una semblanza de Clarín inserta en los Anales de la universidad ovetense, pocos meses después de su

    entierro–, en aquellas conversaciones en que, con su prodigioso talento y su perenne sinceridad, pasaba revista a los principales acontecimientos y daba su opinión sobre las más arduas cuestiones del tiempo que corremos, enseñaba siempre, no dogmatizando por más que le reconociéramos autoridad para ello, sino convenciendo, persuadiendo con pleno conocimiento del asunto, con poderosa dialéctica y con completa experiencia del mundo y de los hombres”. Su entierro, concurridísimo, tuvo lugar en medio de una intensa lluvia que en nada lo deslució, como ocurre, en la novela, cuando es enterrado don Santos Barinaga. La prensa ovetense del momento así lo señalaba: “La manifestación era verdaderamente imponente y a pesar de la lluvia que caía a torrentes, llegó compacta la multitud hasta San Roque”. Entre los asistentes al sepelio había “muchos obreros que habían solicitado permiso para dejar los talleres y acompañar el cadáver”.

    (Texto publicado originalmente en Leopoldo Alas Clarín, La Regenta, ed. de Gregorio Torres Nebrera, Madrid / Barcelona, Ollero y Ramos / DeBolsillo, 2006, pp. 16-22.)

    Torre del Reloj del Ayuntamiento

    Calle Cimadevilla